reseña

[Review Penguin Highway, 2018] Y llegaron los pingüinos.

Buscar respuestas es algo intrínsecamente humano y la suspensión de la realidad, incluso en ficción, es difícil de digerir si el camino es angosto y las normas no son estrictas. Aquellas cosas que no entendemos suelen darnos miedo; es por eso que creo que Penguin Highway no es una película para todo el mundo. De entrada, el filme nipón de animación de Studio Colorido ya nos propone una premisa extraña: de la noche a la mañana aparecen pingüinos en un pueblecito de Japón sin que nadie pueda explicar de dónde han salido. Aoyama, un alumno de cuarto grado extremadamente inteligente, y que ha hecho del método científico su forma de vida, decide comenzar una investigación para resolver el misterio. Lo que no sabe es que la situación es todavía es más compleja de lo que aparenta en un inicio. 

 
La animación de  Penguin Highway  es muy resultona; llama especialmente la atención el movimiento y el gran colorido.

La animación de Penguin Highway es muy resultona; llama especialmente la atención el movimiento y el gran colorido.

 

Encasillar Penguin Highway es una tarea complicada y eso es, sin duda, parte de su atractivo. Con mucho de ciencia ficción, parte de realismo mágico, bastante coming-of-age y otro tanto de comedia su clasificación es tan extraña como su premisa y desarrollo. Eso sí, lo que sí queda claro es su increíble trabajo de animación; no en vano, uno de los fundadores de Studio Colorido (Yojiro Arai) trabajó anteriormente como animador para Ghibli. Plano tras plano es una delicia ver como el mundo de la historia cobra vida a nuestra alrededor y la inteligencia con la que Ishida ha sabido colocar la “cámara” en cada una de sus escenas. 

Otra cosa que destaca, sin duda, es como la película ha sabido hacer suyos ciertos clichés propios de la temática estudiantil o la pubertad. Si bien sigue existiendo la dicotomía entre el alumno brillante y los abusones o la figura del mejor amigo torpe, el guión es inteligente para jugarlo a su favor y crear situaciones lo suficientemente genuinas como para esquivar un poco la idea de repetición sin perder momentos cómicos intrínsecos al anime. Llama especialmente la atención la relación entre Aoyama y la asistente del dentista, cuyo nombre nunca conocemos. La mujer resulta doblemente interesante para el niño; tanto a nivel científico, porque parece estar relacionada con lo que está sucediendo con los pingüinos, como a nivel sexual: sus pechos despiertan en él el deseo. 

 
La asistente del dentista, a quien se refieren durante toda la película como  onee-chan  (hermana mayor)

La asistente del dentista, a quien se refieren durante toda la película como onee-chan (hermana mayor)

 

Nunca me ha gustado la obsesión que hay en el anime por los pechos gigantes; esa objetivización terrible de la mujer/niña a través de unas tetas desproporcionadas simplemente para el deleite de la mirada masculina. Sin embargo, la utilización de este recurso en Penguin Highway se torna interesante. El pecho de la mujer, no desproporcionado en este caso, confunde a Aoyama, que en un momento se pregunta (siempre en tono científico): ¿Por qué si son los mismos órganos que tiene mi madre esos no me provocan nada y los de esta chica sí? Aoyama, que rellena libretas de sus observaciones y se cree, en su inocencia infantil, lo suficientemente inteligente como para ser capaz de encontrar respuestas para todo, se ve ante una incertidumbre tan natural como abrumadora. Y al final, creo que acerca de esto es sobre lo que quiere hablarnos la película. Por muchos pingüinos y misterios que haya, Penguin Highway va, en realidad, sobre mi tema favorito: empezar a hacerse mayor. Y si al principio de la película Aoyama calculaba que uno crece en 3888 días, al final igual esto es algo que tiene que ver mucho con el cuerpo pero no tanto con el espíritu. Hay cosas que simplemente no se pueden calcular.

Debido a la personalidad del protagonista y a todo este proceso interno que está viviendo la película oscila todo el tiempo en un delicado equilibrio entre escenas de infancia y de la edad adulta. Entre el optimismo de un niño que cree que todo es posible y las cosas que escapan a su control. Y de nuevo, con la relación con la asistente del dentista como eje. Los diálogos entre ambos personajes son rápido y divertidos pero su amistad tiene un cariz extraño. La asistente del dentista no puede habitar el plano infantil, pero tampoco está presente del todo en el de los adultos.  Se encuentra, junto a Aoyama, en una especie de limbo. Incluso en un momento determinado admite no saber quién es; algo que viene reforzado por el hecho de que el personaje no tenga ni un nombre propio. Y si bien la relación entre ellos no es nunca romántica (quizás sí platónica), a vista de cualquiera puede entenderse que existe una conexión más allá de la simple amistad y que, bajo mi interpretación, viene a subrayar esta idea de incertidumbre que puebla toda la película. Una pena, por otro lado, que el personaje se encasille en el trope de Manic Pixie Dream Girl y la relación entre ella y el otro personaje femenino (Hamamoto, compañera de clase de Aoyama y brillante, también) esté limitada a los celos de la más pequeña por el interés masculino. 

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Penguin Highway no es para todo el mundo porque no sigue un camino recto, no da pistas y, tras verla, lo más probable es que ansíes más respuestas de las que la película está dispuesta a darte. Sigue la estela de películas como Annihilation (Alex Garland, 2018) pero sin perder en la historia el optimismo que se refleja en su explosión de colores. Atrévete con ella si sueles disfrutar de las cosas no convencionales y si te gusta que las películas te persigan unos cuantos días después de verlas. 

Igual George Miller se animaría a hacer otra película de Happy Feet si fuese en esta tesitura ¿No?

Un detalle curioso para los fans de Kingdom Hearts: la canción principal de la película corre a cargo de Utada Hikaru, cantante japonesa conocida por componer las canciones de la saga de videojuegos.

[Review Detective Pikachu, 2019] Pikachu, te elijo a ti.

Recuerdo que Pokémon Rojo fue el primer videojuego que consideré como mío. Me lo regalaron mis padres por mi cumpleaños junto a mi propia Game Boy Color; aquella transparente que dejaba toda su maquinaria a la vista. Se acababa la era de compartir consola portátil con mi hermano y recuerdo estrenarla en el coche, de noche, sólo con la luz de las farolas para ayudarme a decidir qué Pokémon debía elegir como inicial en mi nueva aventura. Es extraño que me emocione por un blockbuster, aunque puntualmente haya excepciones, y sé que muchos se echaron a temblar cuando anunciaron esta nueva película de la famosísima franquicia. 

Ya estrenada, Pokémon: Detective Pikachu está empezando a ser considerada una de las mejores adaptaciones de videojuegos a la gran pantalla y, en cierto modo, es comprensible (aunque, siendo honestos, la verdad es que no tiene mucha competencia). Muchos de los grandes videojuegos lo son, precisamente, porque sus creadores entienden el medio en el que se desenvuelven, y tratar de encajonar las mecánicas que tan bien funcionan en el videojuego al formato película, sin comprender del todo todo lo que esto implica (el previo conocimiento de los espectadores acerca de los personajes, la necesidad de suplir el libre albedrío de los jugadores o una transformación inteligente de los mecanismos narrativos), está destinado al fracaso. Además ¿Por qué voy a querer ver algo que puedo experimentar con mis propias manos y entrañas? Por lo menos esa es la pregunta que se me viene a la cabeza cada vez que amenazan con una adaptación de The Last of Us o la saga Uncharted.

 
Detective Pikachu es tan mono que querrás que resuelva todos tus casos.

Detective Pikachu es tan mono que querrás que resuelva todos tus casos.

 

Pero en este sentido, Rob Letterman y todo el equipo de la producción han llevado a cabo un giro inteligente. No nos engañemos, la trama de Detective Pikachu es muy simple y predecible, los personajes y sus relaciones estereotipadas, los actores (carnales) sólo llegan a lo correcto e incluso el CGI (salvo para el Pokémon protagonista) deja bastante que desear. Aún así, hay una mezcla de fidelidad y novedad que engancha. 

A los que hemos crecido jugando a Pokémon nos gusta ver este mundo entremezclado con la realidad y cómo las criaturas que tantas veces hemos visto interactúan de manera efectiva con un entorno que es más nuestro que del mundo digital. Nos hace gracia ver a un bombero siendo ayudado por un squirtle, al inspector de policía Yoshida junto a un snubbull gruñón o a un ludicolo barista que sacia las necesidades de cafeína de Pikachu. Resulta simpático estar viendo la película y, a su vez, buscar a los diferentes Pokémon que hay en pantalla y qué función están cumpliendo dentro de la sociedad. Los creadores de la película sabían que el comportamiento de los Pokémon en el entorno era importante, que los espectadores lo iban a buscar y han sabido cumplirlo respetando, además, el material original. 

Por otro lado, está la gran estrella. La película no empieza verdaderamente hasta que no aparece Pikachu. Hasta ese momento todo es solo meramente anecdótico; se le espera como quién está expectante ante la aparición de un cabeza de cartel, lo demás es calentamiento. La película no se aguantaría, por supuesto, sin el personaje de Pikachu y lo que es más, no se aguantaría si este no estuviese interpretado por el carismático Ryan Reynolds. No sé hasta que nivel en términos de guión, pero estoy segura de que hay muchas intervenciones del pokémon eléctrico que son obra del propio Reynolds. La combinación de la caradura y lengua suelta del personaje con su aspecto adorable son absolutamente hipnóticos y tienen al espectador esperando a ver qué es lo que dirá a continuación. Al final, te deja de importar exactamente que es lo que ocurre en la trama, porque en realidad, lo que me interesa es ver a Pikachu soltando sus gracietas. De ahí a que la mejor escena de toda la película sea pura comedia; aquella en la que Tim Goodman (Justice Smith) y Pikachu tratan de sonsacarle información a un Mr. Mime y, para ello, deben entrar de lleno en su juego de mímica. Se trata de una escena genial, original y que, audiovisualmente, aprovecha muy bien sus recursos para tenerte enganchada. 

En definitiva, si bien Detective Pikachu no acaba de funcionar del todo como película entiende lo suficientemente bien sus fuentes como para lograr buenos momentos y, con la colaboración de Ryan Reynolds y su buen hacer, logra el suficiente contraste como para dar la idea de que estamos viendo algo nuevo. Creo que hubiese sido todavía mejor si no se tomase tanto en serio a sí misma, porque sus momentos más dramáticos quedan eclipsados por el humor y, de repente, en la que se supone que es una de las escenas más emotivas de la película toda la sala se echa a reír. 

Parece ser que el reinado de los Pokémon aún tiene para largo y quién sabe si con el éxito de esta película vendrán otras del mismo corte dentro de la franquicia.

PD: No puedo irme sin añadir que necesito ver la versión Pokémon: Pikachu Inspector de Hacienda de Borja Pavón. Su vídeo coincidió con mis primeras incursiones en el maravilloso mundo de los autónomos y realmente necesito que Pikachu me guíe por este camino inhóspito y tenebroso. Creo que es la coming-of-age que todos los freelance necesitamos.

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