[Review Aquarela, 2018] Pánico natural.

 
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Cuando estaba de Erasmus en Finlandia viajé hasta Laponia. Una vez allí había una serie de rituales que era tradición seguir: dormir en una cabaña de madera, perseguir a las auroras boreales y bañarse en un lago helado. Así que una de las primeras noches me vi en bikini, a menos quince grados, caminando por la nieve hacia la sauna envuelta en una toalla. El plan era el siguiente: pasar veinte minutos allí dentro con un calor soporífero, salir corriendo hasta el lago helado y meterse en un agujero. Cuando salimos de la sauna era impresionante cómo el cuerpo propio no asimilaba el frío, casi una experiencia inhumana. Por lo que correr escaleras abajo no fue complicado. 

Pero una vez allí, tanto mi amiga como yo nos encontramos con que la bajada de temperatura había sido tan fuerte al anochecer que el agujero que habían hecho nuestros compañeros horas antes ya se había congelado. Recuerdo, con la adrenalina aún de no sentir el frío, coger el arpón que había junto a las escaleras de madera y empezar a clavarlo en el duro hielo con todas mis fuerzas. Éste apenas se resquebrajó. Y mientras seguía golpeando infructuosamente una y otra vez la sensación de frío empezaba poco a poco a volver a mí y, con ella, el pánico. Dejé caer el arpón al suelo porque levanté la cabeza y vi la inmensidad del lago congelado frente a mí, que avanzaba y avanzaba hasta fusionarse con la oscuridad del horizonte. De repente, estaba congelada, y la idea de meterme en un agujero en medio de un lago oscuro ya no sonaba muy apetecible ¿Y si el agua me arrastraba y acababa bajo las capas de hielo, muy lejos de la salida?

Cuando vi Aquarela tuve una sensación similar a la experiencia que viví en Laponia. El documental de Viktor Kossakovsky empieza de una manera bella y agradable, casi cómica. Unos hombres vestidos de naranja trabajan sobre el hielo como buenamente pueden, ya que moverse es complicado, y hay algún que otro resbalón acompañado por carcajadas. La fotografía ya se nos muestra espléndida y la naturaleza, aunque salvaje, aparece casi siempre plana. El verdadero sentimiento de pánico aparece cuando se nos muestra qué están haciendo estos hombres realmente, que no es otra cosa que rescatar automóviles que se han hundido en el hielo. Es este sólo el inicio de la brutalidad; la misma que sentí yo ante el lago oscuro. Esa sensación de que la naturaleza es mucha más grande que tu vida. Por eso, cuando vemos a lo lejos como un coche se hunde y uno de los hombres que consiguen salir del agua se tira al suelo desconsolado porque su compañero se ha ahogado entendemos que Aquarela va a ser un viaje estremecedor en el que el agua se abre paso y el humano resiste como buenamente puede.

En 2001: Una Odisea en el espacio Kubrick acompaña la llegada a la estación espacial con el vals de El danubio azul de Johann Strauss. Recuerdo que viendo estas imágenes mi primera sensación siempre es de paz. El espacio exterior, tan inmenso, amenazador y lleno de posibilidades se me antoja ordenado por los compases de una música que tan bien conozco. El ser humano, que ha evolucionado desde que apareciera el primer monolito ha conquistado más allá de sus límites terrenales y ahora flota, pacíficamente, a través de las estrellas: un milagro de la evolución. No es de extrañar, entonces, que Viktor Kossakovsky tome el camino diametralemente opuesto encargando la banda sonora de Aquarela al grupo de metal Apocalyptica. Para volver a la naturaleza más básica y salvaje, el grupo finlandés acompaña a golpe de trallazos de guitarra los planos de inmensos bloques de hielo, olas embravecidas y tormentas arrasadoras de ciudades. Si el danubio azul aportaba tranquilidad sobre lo desconocido, la música de Apocalyptica otorga agresividad y violencia a aquello que creíamos conocer. Viktor Kossakovsky crea así una hipérbole audiovisual haciendo uso de la música y el inquietante sonido de la propia naturaleza, que se enriquece con la proyección en Dolby Atmos.

Pese a su total falta de texto, la estructura de Aquarela está bien clara. Viajamos con el agua a través del hielo, del mar y, finalmente, de su impacto en la propia tierra. No se necesita voz en of que explique nada porque, precisamente, lo que a Kossakovsky le interesa son las diferentes texturas y nuestra reacción ante ellas, lo que explica y justifica la decisión artística de grabar el documental a 96 frames por segundo. La nitidez con la que se aprecian los detalles en pantalla da la sensación de experimentar el agua de un modo completamente diferente a la experiencia humana. 

Aquarela nos ayuda a ver algo tan cotidiano y que, a priori, sentimos dominado por el ser humano, como es el agua, de la manera que realmente es: una fuerza demoledora de la que solo se ha explorado el 5%. Ver el documental de Kossakovsky es pura experiencia y, como tal, no debería ser experimentada como una película convencional si no con la sensación de que vamos a ver y sentir cosas completamente nuevas.

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